Ciertamente
la felicidad se basa en la paz y la calma interna,
pero a ello contribuye el que las necesidades materiales primarias se
encuentren satisfechas.
El afecto, la honestidad y la justicia social repercuten en nuestro
propio beneficio, pues no sólo se satisfacen las necesidades de los
demás, sino que uno mismo se construye un medio ambiente que no amenaza
la vida y en cambio coadyuva al beneficio propio, como lo afirma el
Dalai Lama. “Es innegable que nuestra felicidad está indisolublemente
unida a la felicidad de los demás.
Ahora bien, cabe
distinguir claramente entre la felicidad y el
placer. La felicidad tiene mucho más que ver con la paz y con las
condiciones espirituales y materiales satisfactorias para todos, con
las cualidades humanas positivas, como es la ayuda a los otros y el
trabajo altruista. En cambio, el placer es un estado sensitivo y mental
que depende de que el objeto de disfrute satisfaga el deseo sensual,
que de hecho sólo se presenta en breves momentos. El placer está sujeto
a las vicisitudes del mundo externo y depende totalmente de que se
satisfagan nuestros deseos de todo tipo. Por eso el estado de placer,
al realizarse entra a una fase de indiferencia, y posteriormente de
desagrado y sufrimiento, principalmente cuando se convierte en vicio y en obsesión. El placer, dice el Dalai Lama, es como una vela
que se agota en su mismo disfrute.
De todas formas, se puede afirmar que tanto la felicidad como el placer
son elementos internos: reacciones internas a estímulos externos. Casi todo factor así
considerado produce placer o sufrimiento.
Uno y otro se experimentan de esa manera porque hay secuelas e
impresiones que se han conservado en la mente, y cuando uno entra en
contacto con factores del mundo externo, se vuelve a sentir placer o
sufrimiento de nuevo, según esas impresiones de la existencia previa.
De ahí que el tener plena conciencia de las huellas mentales, de las
acciones pasadas y de sus resultados en el mundo interno y externo,
constituye un ejercicio previo a la felicidad; sólo en la toma de
conciencia de las repercusiones de nuestras acciones reside la paz
interna.
Considerar que la felicidad se sustenta en la dinámica del mundo
interno del ser humano, no descarta el hecho de que también los
factores externos constituyen condiciones importantes para alcanzarla.
No se puede desdeñar el peso del mundo material en el espíritu.